Cáit busca la soledad en una casa llena de gente que parece no sentir ningún aprecio por ella. Cáit se esconde de ellos y del espectador tumbándose entre la hierba alta. Una hierba irregular y enmarañada que simboliza el caos que vive en su interior y que en su primera aparición en pantalla no nos permite ver con claridad su rostro, su gesto o incluso si está viva o muerta.

El final, en cambio, refleja el amor en su estado más puro. De la búsqueda instintiva de la soledad como modo de supervivencia que teñía el principio, se pasa a la unión irrefrenable con el ser querido que encarna a su vez el deseo de vivir. Un último plano que muestra la transformación de los dos personajes y la esperanza de que algo pueda cambiar a mejor de forma permanente en la vida de la joven Cáit más allá de los títulos de crédito.

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