No puedo dormir. Estoy inquieto por algo y eso me agobia. Estoy tan cansado que no recuerdo por qué estoy inquieto y eso me agobia aún más. El dolor de espalda hace que opte por darme la vuelta y me ponga boca arriba en la cama. Repaso mentalmente mil técnicas de relajación vistas en otros tantos vídeos de Youtube, pero pensar en Youtube me estresa. No para de recordarme todo lo que hago mal en la vida.

Finalmente me vienen imágenes de lugares conocidos. Lugares vacíos y de noche. Lugares en los que nunca he estado en esas condiciones. Pienso en un bosque en la ladera de un monte. He estado en él varias veces pero siempre era de día. Una ruta campestre, un paseo dominical. El caos ordenado del otoño. Sonidos de la naturaleza agradables y relajantes que ahora de noche se transforman en salvajes e inquietantes. Siguiente. Un acantilado. El mar bravo chocando contra las rocas. Fuerza incontrolable. Terror gótico, demasiado temerario. Un paso en falso en esta oscuridad sin luna y… siguiente. La biblioteca.

Esto ya es otra cosa. De noche nadie me molesta en la biblioteca. Nadie se detiene en la letra que yo quiero consultar. Recorro sus pasillos en paz y armonía. Acaricio los lomos de los libros, pienso en todas las historias que se pueden contar unos a otros. Bolaño tan cerca de Borges. Austen pegada a Auster. Podrían charlar con Baricco de no ser porque el cambio de letras también lo es de estantería y de pasillo. Cervantes preguntándole a Carrère quién es ese triste de Coetzee. Al otro lado Zambra animando a Zweig. Ahí anda Foster Wallace, al que le podrían haber asentado junto a su amigo Franzen, pero optaron por la uve doble en vez de la efe. A Saramago, en cambio, sí que le colocaron correctamente en la ese, a pesar de cierta leyenda urbana sobre una víbora que dividió en dos su apellido y le adjudicó sin rubor un lugar en la eme, como si en un universo paralelo se hubiera convertido en una suerte de Sara Mesa. Muy cerca de él, José se emociona con el Lincoln en el Bardo de Saunders y el paso de las estaciones de Ali Smith. Ali, por su parte, no puede dejar de escuchar la salvaje prosa de Irene Solá. Maggie O´Farrell y su Hamnet están a tres pasillos de distancia del Hamlet de Shakespeare. El teatro siempre separado de la narrativa. Mientras, el Palahniuk de mi juventud gritando a Poe para que espabile, el pobre que ya bastante tiene con las locuras sin aparente sentido que le cuenta Pynchon. En el pasillo de enfrente se encuentra Javier Marías. Ishiguro está deseando escucharle hablar del rastro que deja la gota de sangre pero está demasiado lejos como para enterarse. Recuerda un día en el que un bibliotecario despistado le colocó por error en la pequeña estantería de ciencia ficción. Cómo se lo pasó escuchando las historias de Le Guin, Chiang, Asimov, Weir y compañía. Nunca olvidará aquella semana.

Por la ele pienso en Mary Lavin, en la belleza subversiva de sus dos libros de relatos (En un café y Felicidad y otros cuentos). Imagino que algún día al fin escribo yo uno y que la biblioteca lo suma a su colección. Sería gracioso situarme entre los dos libros de Mary. Tendría que encontrar un título que encajase entre la signatura N LAV,M enu y N LAV,M fel. ¿Estreñimiento crónico? ¿Fatal desenlace? ¿Equivocación tras equivocación hasta el gran error final? Una ligera punzada en el pecho me recuerda la inquietud que me impide dormir. Mi mente bucea en el lado oscuro de su conciencia, ese que me remite a mi incapacidad para trasladar a un papel todas las ideas que se desarrollan en mi cabeza. Porque si no las escribo no puedo estropearlas. Porque si no las estropeo no desperdiciaré la última bala que me queda en la recámara.

El antídoto, como casi siempre, es sumergirme en el lado optimista de mi conciencia. Pienso que lo mejor, como nen casi todo, es pensar en corto antes que en largo. En relatos antes que en novelas. Mañana por la mañana me acercaré a la biblioteca y volveré a coger los libros de Mary Lavin, mi lejana prima irlandesa. Quizás de esa manera me inspire y me arroje al desenfreno de la escritura. Me duermo pensando en inicios. La noche pronto quedará atrás y con ella sus recovecos. Ahora el resto es silencio.

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