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La esquina más perdida de los mapas | Viernes de Cine #02

La vida te lleva por caminos raros, de eso no hay duda. Y, últimamente, la mayoría de ellos acaban en el pasillo de papelería de un bazar chino. Allí es donde está ahora mismo Eloy, simulando que trabaja. Para hacer tiempo, Eloy coloca los paquetes de tizas de mil maneras distintas. Las tizas en su mano le transportan a aquella secuencia mítica de El indomable Will Hunting, en la que Will resuelve un problema matemático mientras trabaja como conserje de una importante universidad. Eloy recuerda el subidón que sintió cuando acabó de ver la película. Eloy quería ser igual de listo que Will, quería salir del pozo en el que se encontraba y triunfar, triunfar haciendo lo que más le apasionaba. Pero Eloy no lo logró. Con veinte años tomó una decisión, marchó en busca del éxito y este nunca llegó. Y ahora Eloy ha regresado a su casa y ha tenido que buscarse un trabajo del que se avergüenza. Ha hecho el camino inverso que hizo Will en la película. Eloy no quiere que nadie le vea dedicándose a esto. Y por eso lleva cinco minutos escondido en el pasillo de productos de papelería. Porque una persona importante de su pasado ha entrado por la puerta.
Eloy nunca ha vivido en el presente. De joven tenía grandes expectativas puestas en el futuro. Y cuando todo empezó a ir mal, lo único que hizo fue albergar un profundo resentimiento por el pasado. Para colmo, Eloy no deja de compararse con personas de su misma generación. Es lo que aprendió de su familia. Tanto tienes, tanto vales, y si es más que lo que tiene el vecino, mejor que mejor. Esto hace que sus fracasos (o lo que a él le han dicho que es el fracaso) se vean amplificados al ser testigo de los éxitos (o lo que a él le han dicho que es el éxito) de los otros. Eloy no piensa como su familia pero es un estigma difícil de arrancar. Como la mancha sucia de pegamento que deja una tirita en la piel. Porque a Eloy, por si no os habíais aún dado cuenta, le importa mucho lo que opinen los demás de él. Y ahí radica su principal problema.
Cuando Eloy se relaciona con adultos de su misma edad, que ya tienen un trabajo fijo, cobran un buen sueldo, tienen pareja estable, casa adosada, perro y dos niños, Eloy se siente totalmente fuera de lugar. En un mapa del mundo medieval él estaría en la boca del dragón que transita los mares del sur. A veces se consuela pensando en otra secuencia de la película, esa del bar, en la que Will pone en su sitio a un estudiante pijo y pedante de Harvard, al que le dice que sí, que puede que dentro de unos años le esté sirviendo patatas fritas a sus hijos cuando paren a comer algo antes de ir a esquiar, pero que, al menos él, será una persona de verdad. ¿Es Eloy una persona de verdad? ¿Es mejor que aquellos que sólo piensan en tener y acumular? ¿O sería más feliz con un trabajo cualquiera, que le permitiera comprar todas esas cosas que él no quiere tener pero que transmitiría a los demás la apariencia común del éxito? Mientras reflexiona sobre esto, la persona de la que se está escondiendo ha pasado muy cerca de él. Eloy se agacha y comienza a andar en cuclillas hacia el pasillo de los tuppers de cristal.
Eloy quiere romper con su pasado pero este se resiste a desaparecer. Un ejemplo curioso es que el bazar chino en el que trabaja ocupa el lugar exacto de la sala de cine que, veinticinco años atrás, protagonizó los mejores momentos de su adolescencia. La extinta Sala 1 abarca los pasillos de productos de mascotas, disfraces, juguetes, papelería y regalos. La pantalla estaba al fondo de todo, en jardinería. La Sala 2: menaje de cocina, electricidad, ropa de hogar y ferretería. El proyector se encontraba en el actual cuarto de la limpieza. Si cerrara los ojos justo donde se encuentra ahora podría visualizar el patio de butacas, sentarse en su sitio y esperar a que la magia diera comienzo. Podría ver extasiado cómo Will explica en su monólogo las razones por las que no debería trabajar para la Agencia de Seguridad Nacional. O la escena del banco del parque, en la que Robin Williams deja al fin las cosas claras. O ese último plano aéreo, con Will yéndose en coche en busca de su destino.
Eloy quería simplificar su vida. Olvidar su gran ambición, centrarse en tener un trabajo de media jornada que le diera para sobrevivir y dedicar el resto del tiempo a escribir. Pero Eloy no puede escribir porque no quiere volver a fracasar. Porque tiene miedo a que eso tampoco funcione y, si eso ocurre, ya no le quedaría más tiempo por delante para un nuevo plan. Si no escribe no puede fallar. En su cabeza Eloy ha transitado por todos los mapas posibles. Está tan cansado como si hubiera dado diez vueltas al mundo. De rodillas, en la sección de fluorecentes y bombillas, Eloy se da cuenta de que tiene cierta tendencia a sobrepensar. De repente, un pitido estridente proveniente de su walkie talkie le destierra de sus rumiaciones.
-¿Sí?
-¿Dónde tú estal?
-En pasillo 9, reponiendo bombillas.
-No bombillas que leponel. Tú holgazán.
-¿Qué quieres, Lin?
-Niño peldido, seis años, lubio, chaqueta loja. Tú buscal.
-Ok. Cambio y corto.
-Ya he dicho que tú no decil cambio y colto. Esto no sel selie de policías. No me gustan clichés.
Eloy abandona su escondrijo en busca del niño perdido. Tras un par de vueltas lo encuentra metido en el cuarto de la limpieza, leyendo un libro de Capitán Calzoncillos. Vamos, colega. Tu madre te anda buscando.
Eloy llega al mostrador con el niño. La madre del chiquillo aparece corriendo por su espalda, realmente angustiada por el momento en el que creyó haber perdido a su hijo. Cuando al final se incorpora, Eloy se da cuenta que es ella, la persona que tanto había intentado evitar. Ingrid. Su amiga de la infancia con la que compartió tan buenos momentos. La chica que le confesó su amor a finales de 1999 y que él no correspondió porque lo que quería era irse e intentar cumplir sus sueños. Ingrid. El punto del mapa al que nunca regresó, la brújula que perdió su norte.
-Ho, hola…
-¿Eloy?
Eloy traga saliva y siente que ha vuelto a la casilla de salida.
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Otro pequeño gran salto | Jueves de Ciencia #02

Lo cierto es que estoy nervioso. Nervioso y preocupado. Creo que no me sentía así desde el día en que se fue.
El viaje, la terrible distancia y mi tendencia a pensar que algo siempre puede salir mal me inquietaban profundamente, pero qué padre no pasa por eso cuando se trata de la marcha de un hijo. Después, cuando supe que había llegado sano y salvo y que en pocos días ya estaba establecido, me empecé a calmar, a pesar de conocer los riesgos de su trabajo. Había una rutina, unos horarios, nos comunicábamos por videollamada cada tres o cuatro días y sabíamos que no estaba solo. Que allí había personas con él capaces de solucionar cualquier imprevisto. Shackletown no deja de ser una ciudad. ¿Pequeña? Sí. ¿Tremendamente lejana e inaccesible? También. Pero una ciudad, al fin y al cabo. Con casi cinco mil habitantes y servicios básicos como centros hospitalarios, con enfermeros y médicos, con sistemas de emergencia y evacuación… Exactamente la misma falsa sensación de seguridad que tenemos aquí.
Pero esta solicitud de llamada, tan repentina e inusual, ahora mismo sólo me da malas vibraciones. Y culpa. Un sentimiento de culpa opresivo y latente que desde entonces me ha acompañado. Porque fui yo el que le introdujo en ese mundo, fui yo el que le enseñó por primera vez las estrellas, el que le señalaba con legañas en los ojos dónde estaba Júpiter, dónde Marte. Fui yo el que vio con él la llegada a la Luna de la Artemis IV, el que le explicó la importancia de que una mujer la pisara por primera vez, de que China, al igual que Estados Unidos, comenzara a establecer una base en el polo sur. Fui yo el que le habló de galaxias, de viajes espaciales, de agujeros negros y supernovas. Fui yo el que le trastornó con el concepto del universo y el primero al que le pareció buena idea que se embarcara en esta aventura. Muchas veces mi mujer me ha dicho, medio en broma medio en serio, «esto es por tu culpa», pero nunca ha ido más allá, porque de momento nada malo ha ocurrido. ¿Pero y si sucediera? ¿Cómo nos enfrentaríamos a ello? ¿Cómo lo superaría?
-¿Papá?
-¡Julia, ven, que ya está conectado! Hola, hijo.
-Hola, papá. ¿Mamá?
-Ahora viene, está preparando café.
-Ah, claro. Siento que sea a estas horas. No recordaba que allí son las dos de la mañana.
-Imagino que será algo importante.
-Sí, bueno. También necesitábamos un poco de intimidad en la comunicación. Pero prefiero esperar a mamá.
-Sí, claro. ¿Qué tal el regolito? ¿Sigue escondiendo agua?
-Sí, pero cada vez tenemos que desplazarnos más para extraerla. Ahora casi todo proviene de nuestros sistemas de reciclaje.
-Ya, entiendo. Ah, aquí está mamá.
Se le ve bien, no está herido y parece de una pieza. Está nervioso pero no en un sentido negativo de urgencia. Más bien con un brillo ilusionado en los ojos, parecido a cuando nos dijo que había sido seleccionado para el trabajo.
-¡Hola, cariño! ¿Qué tal?
-Hola, mamá. Bien, bien.
-¿Entonces no pasa nada malo? A estas horas tu padre ya se estaba poniendo en lo peor.
-No, no, nada malo. Es una noticia buena aunque un poco difícil de explicar.
-¿A qué te referías antes con que necesitabais intimidad en la comunicación? Intimidad, ¿por qué?
-¿Quién dijo eso?
-Teo. Antes, cuando estabas en la cocina.
-Sí, a ver. Creo que lo mejor será que empiece por el principio. Mamá, papá, os presento a Shizuka. Es mi… novia.
Teo abre el plano de la cámara y a su izquierda aparece una joven asiática, menuda y sonriente que nos saluda con la mano.
Estoy convencido de que, si antes el más preocupado de los dos era yo, ahora, por la forma en la que ha dejado de remover el café y la expresión hierática de su rostro, la más alarmada es mi mujer. En cambio yo me siento profundamente aliviado. Nada ha explotado, nadie ha resultado herido ni ha tenido que ser evacuado. Nuestro hijo nos está presentando a su pareja. Simplemente eso. Pero este descanso que me invade no me permite ver más allá. No como ya lo está haciendo Julia.
-Vaya. Qué sorpresa. Hola, Shizuka… ¿Shizuka? ¿De qué me suena ese nombre?
-Papá, no lo digas, por favor.
-¿Que no diga qué? Sólo estoy intentando recordar dónde he…¡Ahh!
-No, no…
-¡Es la novia de Doraemon!
Shizuka se ríe nerviosa mientras Teo entorna sus ojos, ese gesto que lleva haciendo desde que tenía cuatro años.
-Doraemon era el gato, papá. Shizuka es la amiga de Nobita.
-Eso, siempre me equivoco. Pero vamos, que he acertado. Te gustaban mucho esos dibujos.
-Hace treinta años ya de eso.
-A ver, dejaos de Doraemon y tonterías. ¿Qué ocurre aquí, Teo?
Julia coge el mando de la conversación porque se está temiendo lo peor. Mientras, en mi mente suena «al cerrar los ojos veo dibujado en mi imaginación…»
-Tranquila, mamá. Todo está bien. Antes de nada deciros que Shizuka no habla casi nada nuestro idioma. Si queréis decirle algo yo se lo traduciré.
De repente una idea hace ignición en mi cabeza. Intimidad. ¿Por qué necesitan intimidad para hablar con nosotros?
-¿Qué has hecho, Teo? Estáis ocultando algo, ¿verdad?
Julia me mira con ojos que dicen «al fin llegaste a esta página». Teo agacha la cabeza, sonrisa nerviosa, le agarra la mano con ternura a Shizuka. Motores encendidos, comienza la cuenta atrás.
-Shizuka y yo llevamos saliendo medio año. Bueno, «saliendo» es un decir. Aquí no podemos «salir» literalmente hablando. Pero ya sabéis, hay un cine, hay bares, bolera…
-Teo…
-Sí, perdón. A lo que voy es…
Coge aire. Ahí viene. Todos los motores encendidos. 3, 2, 1…
-Shizuka está embarazada.
Cero. Lanzamiento, tenemos un lanzamiento. La mano de Julia tapándose la boca.
-De cinco meses.
Teo aprieta con fuerza la mano de Shizuka. No se da cuenta de que empieza a hacerle daño. Ella le toca el brazo y su mano se relaja.
-Y queremos que nazca aquí.
-¿Qué?
Julia una vez más un paso por delante. Yo todavía estoy procesando la información. Tardo un poco en recordar dónde se encuentran.
-Teo, no podéis tener la criatura allí. ¡Estáis en la Luna!
-Mamá, ya sé dónde estamos. Lo hemos pensado mucho, de verdad. Le hemos dado mil vueltas y hemos contemplado todas las posibilidades y creemos que lo mejor es que sea aquí.
-Pero aquello no está preparado para algo así.
-Mamá, hay médicos, hay un hospital…
-¿Hay obstetras? Porque no creo que ningún director de misión haya incluido en las necesidades médicas de la base un área de maternidad.
-Lo primero, ya no es una base. Hace cinco años que dejó de llamarse así. Es una ciudad, Shackletown. Que sí, que está en el polo sur de la Luna. Pero esto no es muy distinto a lo que puede ser un pueblo de Alaska o de la Patagonia, y que yo sepa allí las mujeres siguen dando a luz. Aquí ha habido intervenciones de urgencia por accidentes laborales que se han llevado a cabo con robots controlados desde Tierra. Y eran bastantes más complicadas que un parto. Además…
-Además, ¿qué?
-Dejando un lado el estrés que podría suponer para Shizuka y el bebé un viaje de regreso, queremos hablar con el director para que traigan especialistas, un obstetra, una matrona, lo que sea, aquí.
Mi mente va a mil por hora. Una única palabra orbita en mi cerebro a toda velocidad.
-¿Y por qué iban a hacer eso? No creo que el supuesto estrés del viaje sea peor que las consecuencias que pueda tener para el bebé y Shizuka la diferencia de gravedad que hay en la Luna.
-Lo harán porque para eso están pensadas las colonias. Para que las personas se establezcan y aumente su población de forma natural. Si todavía no se ha hecho es por pura casualidad. Nosotros seremos los primeros, porque alguien tenía que serlo. Imaginad la noticia. Será un impulso increíble para la misión.
Nos quedamos callados. Los cuatro. Ellos en la Luna, nosotros a 385.000 kilómetros de distancia.
-Te quedan seis meses de contrato. Sabes que por ley no puedes estar allí más de dos años seguidos.
-Lo sé, papá.
-¿Cuánto le queda a Shizuka?
-Nueve meses.
-Así que si todo sale bien, el niño o la niña nacería en enero. Tú tendrías que volver en marzo y Shizuka en junio. ¿Y el bebé? Si ya tiene sus riesgos que nazca en la Luna no me quiero ni imaginar lo que podría afectarle un viaje espacial.
-Creemos que tratándose de algo tan extraordinario, harían una excepción en el caso de Shizuka. Yo podría volver aquí en septiembre o incluso antes. El contrato dice que se puede permanecer máximo dos años seguidos o siete en total, con descansos de seis meses entre períodos. Pero todo eso es en teoría. Cada mes se analizan los datos biométricos de los residentes para ver los cambios que se producen en nuestros cuerpos. Es posible que dentro de poco los plazos se alarguen.
Julia suspira, se aprieta los párpados con las yemas de los dedos. De repente todo el cansancio acumulado se le ha echado encima.
-Habéis pensado en todo.
-Sí, mamá.
-No nos estáis pidiendo permiso.
-No.
-Nos estáis preparando para lo que va a pasar.
-Así es.
-Vais a hablar mañana con el director.
-Dentro de seis horas.
-¿Qué pasa si no acepta?
-Aceptará.
-Pero, ¿y si no?
-Volveremos juntos en el primer vuelo y Halley nacerá en la Tierra.
-¿Halley?
-Así se va a llamar.
-Si es niña.
-O niño. Eso da igual. El año que viene el cometa volverá a visitarnos. No creemos que haya un mejor nombre.
El cometa Halley. Me acuerdo cuando mi madre me lo enseñó en 1986. Tenía 4 años. Es mi primer recuerdo, aunque muchas veces piense que sólo fue un sueño. No me puedo creer que ya hayan pasado 75 años.
-Me gusta.
-Gracias, papá.
Miro a Julia. Aunque sigue preocupada noto que su rostro se ha destensado. Le cojo la mano y me sonríe con un atisbo de tristeza. Luego vuelve su mirada a la pantalla y dice casi para sí misma:
-Halley, el primer bebé de la Luna.
-El primer selenita.
-Mi nieto extraterrestre.
-¡Papá!
-No he dicho nada incorrecto.
-Bueno, os tenemos que dejar. Vamos a descansar un poco antes de la reunión. En cuanto sepamos más os volveremos a llamar.
-Teo.
-¿Sí, mamá?
-Dile a Shizuka que pase lo que pase la apoyamos y que estaremos encantados de conocerla en su momento. Cuando sea.
-Claro.
Shizuka hace una reverencia con la cabeza como si hubiera entendido a la perfección el mensaje. Nos despedimos y se corta la llamada. Julia y yo resoplamos a la vez mientras nos dejamos caer en el respaldo del sofá.
-Todo esto es por tu culpa.
Me río y ella también, pero menos.
-Lo sé, futura abuela, lo sé.
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Carson, Paterson y Anne Carson | Miércoles de Literatura #02

En 2026, Paterson sigue siendo feliz conduciendo su autobús por las calles de Paterson, New Jersey. Paterson sigue escribiendo poemas en su pequeña libreta. Paterson sigue releyendo «Paterson» de William Carlos Williams. Paterson sigue viviendo con su mujer, Laura, en la misma casa con la misma puerta rosa. Paterson ya no pasea por las noches a Marvin, su perro. Marvin murió hace unos años pero podemos asegurar que fue feliz hasta el último momento.
Paterson tiene ahora una hija llamada Carson. Por fortuna para todos fue una niña. Si hubiera sido un chico corría el riesgo de haberse llamado Paterson y ya bastantes Paterson hay en esta historia. Paterson escribe poemas a, ante, con, de, desde, para, por y sobre su hija Carson.
Paterson observa las cataratas (waterfalls) de Paterson y recuerda el día en el que una niña de unos diez años le leyó un poema que había escrito, titulado El agua cae (Water falls). Decía algo así:
El agua cae desde el aire brillante. Cae como el pelo, cayendo sobre los hombros de una chica joven. Agua cae, haciendo piscinas en el asfalto. Espejos sucios con nubes y edificios adentro. Cae en el techo de mi casa, cae en mi madre y en mi pelo. La mayoría de la gente lo llama "lluvia". Paterson compró un día un libro llamado "Una hormiga es el principio de un nuevo universo (Leer y escribir poesía con niños y niñas)" de Kenneth Koch. En este libro, Kenneth cuenta su experiencia como profesor de poesía en una escuela primaria. Explica las técnicas usadas y recoge ejemplos de poemas escritos por sus alumnos. Lo primero que hace es pedirles que escriban sobre deseos, sobre sueños, sobre mentiras. Paterson también quiere probar esto con su hija. Carson va a cumplir siete años en enero. Y escribe un poema llamado Mentiras:
Tengo 38 años.
No tengo padres.
Tengo un Pikachu.
No existe el sol.
Tengo que morirme hoy.
No tengo que morir nunca.
Tengo poderes mágicos.
No me gustan los gatos.Carson se llama Carson por Anne Carson. Paterson está feliz porque la semana pasada le dieron el Premio Nobel de Literatura a Carson. A Anne, no a su hija. Su hija de momento sólo ha escrito un poema en su vida, aunque Paterson cree que es realmente bueno y le daría ya todos los premios.
«Si la prosa es una casa, la poesía es un hombre corriendo en llamas a través de ella», respondió Anne Carson en una entrevista en 2016. Paterson no sabe si lo que él hace cuando escribe se corresponde con esa definición, pero tampoco le disgusta. No tiene nada que ver pero Paterson recuerda que una vez un poeta japonés le dijo que «la poesía traducida es como darte una ducha con impermeable».
Paterson de momento no lee poemas de Anne Carson a Carson. Pero sí algunos de William Carlos Williams: Sólo quería decirte (el de las ciruelas, como lo llama ella), Entre paredes y Acacia en flor (el favorito de Carson para antes de dormir):
Entre
verdes
ramas
tiesas
viejas
tersas
rotas
vuelve
blanco
dulce
mayo.Buenas noches, cariño.
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Instante de luz | Martes de Música #02

La persiana que se abre, la oscuridad azul que pronto se convertirá en destello naranja, amarillo, rojo y violeta. La ventana que despresuriza esta nave que llamamos casa. El aire frío que contrasta con el dulce bochorno acumulado de nuestros sueños. Parece que el mundo sigue en pie, el conticinio fue un espejismo fugaz, una farola encendida en mitad del desierto.
Un mirlo bajo mi ventana que me da los buenos días y la previsión del tiempo: hoy no lloverá, máxima de 17 grados, nubes de evolución por la tarde. El barrendero que vacía la papelera con los restos de la vida de ayer, el niño que camina dormido hacia la clase de madrugadores. Un satélite artificial que cruza el cielo, el lucero del alba que me recuerda que hoy tampoco usaré la IA para escribir estas páginas. Últimamente parece que falta mucho para que algo llegue y cinco minutos después ese algo ya pasó. Un reloj de arena destruido en mitad del desierto.
Detonación de oxígeno en mi pecho y una urraca que canta como si ya no doblaran las campanas por nadie. El parque está vacío, los columpios respiran aliviados en los días laborables. Pasas por mi espalda sin saludar y la herida sigue abierta, allí donde se descosió la última cicatriz. La indecisión es un abismo, un cuchillo que yo ofrezco y tú agarras por el filo. Un nuevo día es una vieja batalla con los ecos todavía resonando de la anterior. Preferiría una casa en llamas, a esta fuga paulatina de gas.
Hoy imaginaré mil historias y ninguna servirá para arreglar este estropicio. Sin final no hay inicio. Ni reinicio. Sólo indicios de incendio en el cielo distante.
Dos minutos despierto y ya de todo me acuerdo en este instante; instante infinito de luz.
Texto inspirado en las canciones «Herida y Cicatriz» y «¿Por qué tantos pájaros, Fabián?», ambas del cantante y compositor Fabián D. Cuesta.
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El mejor plano de la Escuela de Brighton | Lunes de Football #02

La mala noticia para Ethan es que los músculos de las piernas le empiezan a arder por el esfuerzo realizado. La buena es que el ladrón al que está persiguiendo se ha dirigido al muelle norte de Pier. Es un camino sin salida, salvo que la desesperación le empuje a lanzarse al mar. En ese caso, espera que al menos deje antes en lugar seguro el objeto que le ha robado: una cámara Fujifilm X-T200 de segunda mano que le costó 300 libras y que, sin la cual no podrá terminar el proyecto audiovisual en el que lleva trabajando desde hace meses. Ethan siente que es un momento crítico para él así que pide a su cerebro que olvide el dolor y aumente la velocidad de propulsión antes de llegar al faro de rayas horizontales rojas y blancas situado al final del muelle. Necesita sacar fuerzas de flaqueza así que el archivo sonoro de su cabeza selecciona Fuckin´in the bushes de Oasis mientras piensa en su extraña forma de hacer turismo por Sunderland. Todo este embrollo, en cambio, empezó a 342 millas de distancia, 125 años atrás en el tiempo. En una ciudad, casualmente, cuyas postales suelen estar protagonizadas por dos muelles. Uno de ellos es uno de los más largos, antiguos y visitados del mundo: el muelle de Brighton.
Brighton es una ciudad costera del sur de Inglaterra. Su principal atracción, aparte de los ya mencionados puntos turísticos y el buen tiempo, es su equipo de fútbol, que atraviesa por un estado de forma excepcional en la Premier League. El Brighton & Hove Albion es tercero en la clasificación con 10 puntos, además de ser el máximo goleador y el que ostenta mejor diferencia de goles. El último partido en casa, justo el que conmemoraba sus 125 años de historia, resultó ser un encuentro magnífico, ya que derrotaron por un contundente 3-0 al Arsenal, vigente campeón de la competición.
Pero muchos años antes, antes incluso de la fundación del equipo, la ciudad se volvió el centro de atención por otra razón muy distinta. En 1896, varios fotógrafos de la ciudad se convirtieron en pioneros del cine, sentando las bases de gran parte del lenguaje cinematográfico actual. En sus cortometrajes hicieron uso de técnicas innovadoras como las películas teñidas en color, diversos trucos fotográficos, el primer plano, el contraplano, el travelling o el zoom. Por poner un ejemplo, la película «Un beso en el túnel» de George Albert Smith es considerada como la precursora del montaje narrativo. Otros miembros destacados de este grupo fueron James Williamson, Esmé Collings y Robert William Paul. A todos ellos se les conoció años después con el término de la Escuela de Brighton.
Ethan descubrió el trabajo de estos pioneros cuando visitó con el instituto el Museo de la Creatividad de Hove. Desde ese momento se sintió maravillado por los logros de estos cineastas y aún más después de descubrir que eran de su propia localidad. Este hecho le impelió a intentar hacer algo parecido. Así que un buen día, rompió su hucha con el dinero ahorrado de diversos cumpleaños y Navidades y se compró en Cash Converters la cámara que mejor le encajó en el presupuesto.
Su idea era grabar la vida cotidiana de la ciudad y sus habitantes intentando encontrar siempre un punto de vista sugestivo y original. Por ello tiende a esconder la cámara en lugares insólitos para captar a las personas tal y como son, no lo que aparentan ser cuando saben que una cámara los está filmando. Entre los múltiples enfoques que quiere dar a este documental de realidad cotidiana, está, por supuesto, el equipo del que es hincha desde niño. El Brighton & Hove Albion. Después de grabar todos los partidos de casa (en el que jugaron contra el Leeds incluso pudo colocar la cámara muy cerca de uno de los banderines de córner, obteniendo con ello unas imágenes espectaculares) decidió que podía resultar interesante seguir al equipo en un desplazamiento fuera de casa.
De este modo el sábado por la mañana tomó un tren en dirección a Sunderland. Cinco horas más tarde se encontraba rodeado de hinchas del Brighton en la grada del Stadium of Light. El equipo volvió a hacer un gran partido. Ganó 0-2 a pesar de jugar con diez durante más de media hora y mantiene así la tercera posición en la tabla. Ethan estaba eufórico. Tras el partido decidió grabar imágenes de los hinchas regresando al tren que les llevaría de vuelta a casa. Dejó la cámara escondida en una pequeña caja de cartón, sobre una boca de incendios. El aparato estaba sujeto dentro de la caja con un intricado sistema de cuerdas que le daba estabilidad y gracias a un agujero colocado a la altura del objetivo podía grabar sin ser visto. Se apartó unos metros y observó la secuencia lleno de emoción. Si la primera película de la historia fue La salida de los obreros de la fábrica Lumiere esta escena bien podría conocerse como La llegada de los hinchas del Brighton a la estación de St Peters. Ensimismado como estaba con su propia creatividad, tardó unos segundos de más en darse cuenta que la caja, con la cámara en su interior, había desaparecido.
La persecución viró rápidamente hacia el este, bordeando la orilla izquierda del río Wear, en pleno campus de la universidad. El ladrón vestía pantalones negros, sudadera gris y gorro negro. Cuando vio un grupo numeroso de seguidores del Sunderland, cerca del parking de la universidad, se despojó de la sudadera dejando al descubierto la camisa de rayas rojas y blancas de los black cats. De este modo intentaba camuflarse entre la masa de hinchas. Ethan le perdió de vista. Buscó en todas direcciones pero allí todo el mundo parecía ir vestido igual. Era como intentar encontrar a Wally escondido entre decenas de Wallys. Por suerte para él pudo fijarse en el nombre que llevaba escrito a la espalda: LANE. Y el número 14. Tras unos momentos de desesperación vio a una persona andar deprisa en dirección a la iglesia de St Peter. Tanto el nombre como el número de la camiseta coincidían. Ethan fue tras él. El ladrón volvió la cabeza y al comprobar que seguía siendo perseguido reinició la carrera.
Se acabó. El ladrón ha llegado al límite de lo terrestre. Allí donde el faro da por concluido el muelle, como un signo de exclamación al final de una frase. Se agacha con las manos sobre las rodillas intentando recuperar el aliento, cerca de las escaleras que dan acceso al faro. La caja todavía bajo su brazo derecho. Ethan mantiene una distancia prudencial de unos treinta metros. Su cara sonrojada da fe del esfuerzo. Abre los brazos en señal de paz y también como queriendo decir «no hay salida, hasta aquí hemos llegado». El ladrón se gira y por primera vez se ven cara a cara. Para sorpresa de Ethan comprueba que el ladrón es una chica. Esta comienza a subir las escaleras de espaldas, sin perder de vista a su perseguidor. Ethan, temiéndose lo peor, empieza a gritar «no, no, no, no». Pero la joven, ya arriba de todo, deja la caja en el suelo y sale corriendo en dirección al faro. Ethan hace lo mismo, subiendo de dos en dos los peldaños. Cuando llega a la caja, la abre y, por fortuna, encuentra su cámara en el interior. Al momento, alza la vista intentando encontrar a la ladrona. Da la vuelta completa al faro pero al otro lado solo hay dos pescadores medio dormidos. Al bajar por las escaleras ve al fondo, corriendo por el muelle en dirección a la ciudad, a la chica con el 14 y LANE escrito en la camiseta del Sunderland.
En el viaje de vuelta a Brighton, Ethan tiene tiempo de sobra de repasar lo grabado. La cámara no había dejado de grabar en ningún momento desde que la ladrona se la había llevado consigo. Siempre enfocando hacia atrás, la trepidante acción quedó reflejada con un larguísimo plano secuencia en el que se veía a Ethan correr sin un destino claro, con la cámara como único objetivo.
Sin duda alguna, la Escuela de Brighton se sentiría orgulloso de él.
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La única vez que he robado algo en mi vida | Viernes de Cine #01

Te estoy hablando de 1998. El año de Titanic, de Boogie Nights, de Jackie Brown y de El indomable Will Hunting. De Grandes Esperanzas, de Gattaca, de Funny Games y Godzilla. El año de Los Amantes del Círculo Polar, Salvar al Soldado Ryan y El Show de Truman. De Algo Pasa Con Mary, Cube y El Milagro de P. Tinto. Happiness y Torrente.
Tuvo que ser en 1998. El año en el que el cine se metió en lo más profundo de mi ADN. Ese año en el que en la ciudad todavía convivían cinco o seis videoclubs y yo era un imbécil con patas de 16 años. No era un mal chico, no era un adolescente rebelde, quizás más por miedo a las consecuencias que por la propia consciencia de lo que era incorrecto. Conocía los Diez Mandamientos, eso sí. No robarás es el séptimo.
Fue en 1998. Quizás en mi walkman sonaba Local God de Everclear con su We do what we want o quizás el I want to be someone else or I´ll explode de Talk Show Host de Radiohead. No lo sé. Pero en mi cabeza había demasiadas notas mezcladas con demasiadas imágenes y todas ellas provenían de Romeo + Julieta de Baz Luhrmann. La tuve que alquilar en VHS porque no llegué a verla en el cine. Más adelante compraría una edición especial en caja. Muy bonita, pero la película estaba suelta en su interior. Yo no quería la cinta metida en esa caja. Yo quería la cinta con su carátula de VHS. Y ya me había gastado una pasta en la edición especial. Así que no quedaba otra salida, señor juez. Tenía que delinquir.
No recuerdo por qué elegí aquel lugar en concreto. Estaba al lado de mi casa y ni si quiera era un videoclub al uso. Era una tienda de electrónica con una pequeña zona de películas en alquiler. Quizás pensé que perder una carátula no les iba a suponer un gran perjuicio teniendo en cuenta sus otras fuentes de ingresos. O, quizás, simplemente fue porque allí resultaba más fácil cometer la fechoría. En cualquier caso, una tarde de 1998 (no queda otra que 1998) entré en aquella tienda, saludé al dueño de incipiente calva y gestos levemente amanerados, giré a la izquierda hasta la zona de los VHS, localicé la carátula de Romeo + Julieta de Baz Luhrmann y, de algún modo, (debajo del abrigo, en un bolsillo ancho, entre libros) salí con ella del establecimiento sin pasar por caja.
Podía haber sido mi bautismo de entrada en la banda de los Capuleto o los Montesco, pero la cosa no fue a mayores.
Años más tarde la tienda abandonó la sección de videoclub (yo no tuve nada que ver; fue el mercado, amigos) y un tiempo después terminó por cerrar. Ahora en su lugar hay una especie de consulta psicológica extraña, con una falta de ortografía en el escaparate que me pone muy nervioso cada vez que la veo. Puede que sea este, 28 años después y en el mismo local, el detonante de mi siguiente acto delictivo.
El 1 de noviembre de 2026 se cumplen 30 años del estreno de la película de culto Romeo + Julieta de Baz Luhrmann.
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Separar obra y autor (o la insoportable frustación del seguidor) | Jueves de Ciencia #01

Ha parado de llover y Pedro decide dar un paseo por el pueblo para despejarse la cabeza. Es la Semana Mundial del Espacio y como divulgador con cierto renombre ha estado bastante atareado con charlas, entrevistas y alguna que otra actividad escolar. Pedro sale de casa con lo puesto. Tan solo las llaves y un pequeño paraguas de mano por si el cielo decide volver a descargar. Tampoco necesita pensar la dirección, sabe de sobra dónde va a acabar.
El camino que asciende a la pequeña iglesia románica está rodeado de robles. Pedro lo transita cabizbajo, intentando centrar sus pensamientos en las hojas caídas en el suelo, mojadas y arrugadas, salpicadas de bellotas y pequeñas ramas. En el muro de piedra que lo bordea también aparece algún que otro caracol que, al igual que él, aprovecha el escampe. La caminata es corta pero tiene algunos tramos empinados y Pedro llega a la entrada de la iglesia con las pulsaciones más elevadas de lo que le gustaría. Por suerte, la puerta está abierta y puede sentarse a descansar en su banco predilecto del templo. Desde ahí puede ver casi todo el espacio en su conjunto y disfrutar de su belleza tan simple como sobrecogedora. Piedra, madera, luz y cristal. Pedro se siente en paz por unos momentos.
Por desgracia su mente vuelve a trabajar unos segundos más tarde. Mientras contempla los colores de las vidrieras del ábside derramarse por las columnas, no puede evitar pensar que, sin ser creyente, ese es uno de sus lugares favoritos en el mundo. Y, casi al instante, se turba al recordar la institución que es dueña de ese monumento y la posibilidad de que, si alguien le viera ahora mismo ahí sentado, podría llegar a pensar que él comparte las ideas y actuaciones que dicha institución lleva por bandera. Inevitablemente esto le devuelve a la encrucijada moral que tanto le ha atormentado en los últimos días.
Como hombre de ciencia, amante de la astronomía y la exploración espacial, vive con renovado entusiasmo las noticias que tienen que ver con la astronáutica. La semana pasada, sin ir más lejos, SpaceX hizo historia al poner en órbita por primera vez el Starship, el cohete reutilizable más potente jamás construido. Cuando Pedro ve los vídeos de los lanzamientos no puede hacer otra cosa que maravillarse ante el ingenio humano y su capacidad para superarse a sí mismo en la exploración de lo desconocido. Pero, al igual que le acaba de ocurrir en la iglesia, un sentimiento de culpa se cierne sobre él de forma inmediata al recordar quién es la persona que ha hecho posible todo aquello. El ególatra infantil, explotador, corrupto y fascista Elon Musk.
Durante toda la semana se ha debatido entre la rabia y la culpa y al final lo único que ha logrado ha sido sentirse tremendamente confundido y frustrado. Porque el de Musk no es ni mucho menos el único caso. Del mismo modo que no puede sentir una profunda y pura alegría al contemplar una misión exitosa de SpaceX tampoco puede dejarse llevar y reír sin cortapisas con los chistes de Louis C.K., tal y como hacía antes de que se conocieran sus casos de acoso. ¿Por qué no puede olvidar por un momento las declaraciones transfobas de J.K. Rowling y pasar una tarde tranquila con su hijo leyendo un libro o viendo una peli juntos de Harry Potter? ¿Por qué no puede disfrutar al máximo de los triunfos de los deportistas españoles al saber que muchos de ellos tienen opiniones profundamente contrarias a lo que él considera moralmente correcto? ¿Por qué Neil Gaiman es tan buen escritor y a la vez una persona tan horrible? ¿Por qué esa directora de cine de gran talento acaba de comprarse un hijo como el que se compra un monovolumen? ¿Por qué ese cantante que le ha hecho disfrutar tantas veces con sus canciones es ahora un imbécil retrógrado insoportable? ¿Y qué me dices de esa otra que tiene una voz preciosa y treinta pisos en alquiler? ¿La NASA que empezó el programa Apolo y llegó a la Luna? Llena de nazis. ¿El Real Madrid? Otro tanto. Qué buen disco es Thriller pero Michael Jackson. Qué graciosa es Blossom pero madre mía, menuda sionista progenocidio la Mayim Bialik. Qué recuerdos de infancia con La hora de Bill Cosby pero tremendo agresor sexual. ¿Jim Caviezel? Gran actor, mejor pirado. Y así podría continuar la lista de la desfachatez un buen rato.
Pedro suelta un gran suspiro que se ve amplificado por la acústica de la iglesia. ¿Por qué he de cargar yo con la culpa de sus pecados?, parece ser la conclusión a la que llega. Con lo difícil que resulta la vida, ¿por qué también me arrebatan la experiencia del entretenimiento puro que hace que mis días sean más llevaderos? Sabe que por sí mismo no hallará la respuesta. No al menos por ahora. Su campo de trabajo es divulgar ciencia, no resolver cargos de conciencia.
Finalmente encuentra cierto consuelo (no sin temor) al pensar en los artistas, científicos y deportistas que admira y que, con cierta seguridad (sin poner la mano en el fuego), cree que han sido, son y serán buenas personas. Como por ejemplo, la científica de la que hablará mañana en un instituto. Se trata de la recientemente fallecida Margaret Hamilton, la mujer que desarrolló el software que fue clave para que la misión Apolo 11 llegara a la Luna. Con suerte con ella, y cruza los dedos, no tendrá que hacer el esfuerzo de separar autor y obra
Pedro sale de la iglesia y antes de iniciar el regreso a casa se detiene frente a la puerta. Un par de gotas le caen en la cabeza, mira al cielo y antes de abrir el paraguas, esboza una sonrisa medio irónica y da las gracias por no creer en Dios. De darse esa circunstancia, sería terriblemente arduo y espinoso sobrellevar el hecho de que el creador de algo tan maravilloso como es el Universo (y todo lo que se halla en su interior) fuese un ser tan endiabladamente malvado.
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Murakami en la orilla | Miércoles de Literatura #01

8 de octubre de 2026
(Empieza a sonar un tono de llamada de móvil. Es el comienzo de «A day in the life» de The Beatles).
I read the news today, oh boy
About a lucky man who made the…-¿Diga?
-Buenos días, ¿señor Murakami?
-No, no, no, no…
-¿Perdón?
-Que no, ya se lo he dicho mil veces, no quiero cambiarme de compañía de teléfono.
-Pero…
-Ni invertir en activos, ni contratar un seguro…
-Persone, señor Murakami, pero no somos nada de eso. Le llamamos de la Academia.
-¿Academia?
-La Academia Sueca.
-…
-De Suecia.
-Aaahhh, ya. Ya veo. Ya tardaba…
-Bien. Es para mí un honor comunicarle que…
-¿Quién eres? ¿Otra vez tú, Michel? ¿No te cansas de la broma?
-Perdón, señor Murakami pero no entiendo muy bien a qué…
-No, no… Tu acento es distinto este año. No suena tan francés. ¿Mircea? ¿Eres tú? Hace años que no me llamas. Aunque tú eras más de años impares.
-Señor…
-¡Ah! No, no te atreverás. ¡László! No te bastaba con ganarlo el año pasado, encima vas y te cachondeas de mí…. ¡otra vez!
-Creo que se equivoca, no soy László Krasznahorkai. Como le digo…
-¡Ajá! Sólo el mismísimo László sería capaz de decir su nombre correctamente. ¡Te pillé, maldito húngaro loco!
-Señor Murakami, si tengo la capacidad de decir dicho nombre adecuadamente es porque justo hace un año realicé esta misma llamada a su colega László para anunciarle que era el merecedor del Premio Nobel de Literatura 2025.
-La verdad es que tienes un acento sueco bastante conseguido. ¿No serás Henning Mankell?
-Desgraciadamente el señor Mankell murió en 2015.
-Por algo no me llamaba. ¿Lars Gustafsson?
-2016.
-¿Torgny Lindgren?
-2017.
-Buena progresión aritmética. Tomas Tranströmer en 2018, entiendo.
-2015.
-Vaya, se reinicia la cuenta.
-Señor Murakami, entiendo que pueda ser escéptico ante esta llamada…
-Escéptico, dice…
-Pero tiene que creerme cuando le digo que la Academia Sueca…
-Academia Sueca de los cojones.
-¿Perdón?
-Así es como la conocemos en casa.
-…
-Lo siento, es la costumbre.
-No pasa nada. Es comprensible.
-Qué bien te haces el sueco. A ver, cómo se dice Academia Sueca en sueco.
–Svenska Akademien.
-¿Otoño?
–Höst.
-Comer.
–Äta.
-Huevos.
–Ägg.
-Por.
-Ejem, señor Murakami. Es para mí un honor comunicarle que este año la Academia Sueca le ha otorgado el Premio Nobel de Literatura.
-…
-Ya está, ya se lo he dicho.
-…
-¿Señor Murakami? ¿Sigue ahí?
-Sí. Siempre estoy aquí.
-…
-…
-Bien. Siendo esta una llamada realmente inusual para mí en cuanto a su procedimiento, me abstendré de hacerle llegar las loas y agradecimientos que en estos casos son habituales y le pasaré directamente con mi secretaria, la cual le explicará las gestiones prácticas necesarias que ha usted de realizar para que se le pueda entregar el premio económico. De la ceremonia, la medalla y demás protocolos ya habrá tiempo de hablar con tranquilidad más adelante.
-Anda, esto es nuevo.
-Muchas gracias por su atención, señor Murakami. Y enhorabuena. Le paso con Astrid.
-Ay, la madre…
-Buenos días, señor Murakami. Mi nombre es Astrid y le voy a guiar por unos sencillos pasos para que pueda recibir la cuantía económica asignada al Nobel de Literatura, ¿sí?
-Ay, mi madre… Que es verdad, que he ganado.
-Bien. El premio en esta edición asciende a 12 millones de coronas suecas. Al cambio serían casi 1,2 millones de dólares o, en su caso, 190 millones de yenes.
-Aja…
-Bien, para poder hacerle entrega de este dinero el sistema impositivo sueco necesita recibir por adelantado el 1% del premio. Es una peculiaridad de nuestra agencia de tributos, un tanto extraña para los extranjeros pero completamente legal. Si quiere comprobarlo, puede hablar con cualquiera de sus colegas galardonados en años anteriores, ellos se lo confirmarán.
-No, no…me suena que algo me dijeron…
-Genial. Pues, como le iba diciendo, usted tendría que ingresar el 1% de 1,2 millones de dólares, que serían… (sonido de dedos tecleando en la calculadora) 12000 dólares. En cuanto hayamos recibido ese dinero en nuestra cuenta haremos el depósito de 1,2 millones en la suya.
-Bien…
-¿Todo claro, señor Murakami?
-Increíble, pero cierto.
-Estupendo. Pues si es tan amable, coja boli y papel y apunte el siguiente número. Supongo que como buen escritor tendrá siempre a mano un papel y un boli, jeje.
-¿Eh? Ah, sí…
-Perdone, es el chascarrillo habitual que le hacemos a los premiados.
-Claro, claro.
-Bien. 5389…
-¿Eh?
-5389…
-Ah, sí. 5389…
-9832…
-9832…
-4503…
-4503…
-7825…
-7825…
-67.
-67.
-¿Lo tiene?
-Sí, creo que sí.
-Muy bien. En concepto Premio Nobel Literatura 2026 y ya estaría.
-¿Cuánto me ha dicho que era?
-12000 dólares.
-Sí, sí, digo el premio total.
-Ah, 1,2 millones de dólares, 190 millones de yenes.
-Ya, bien, bien.
-…
-…
-¿Señor Murakami?
-¡Sí! perdón, se me fue el santo al cielo. ¿Algo más?
-Nada más. En cuanto veamos que está todo correcto procederemos a activar la transferencia y en unos días le volveremos a contactar para comentarle todo lo referente a la ceremonia. Muchas gracias por todo, señor Murakami y de nuevo, enhorabuena.
-Sí, sí, muchas gracias a ti, maja. Un saludo.
(Cuelga el teléfono)
-¡Cariño, no te lo vas a creer!
(Mientras tanto, a 10845 kilómetros de distancia).
-Ay, pobre, qué pena me ha dado. Se lo ha creído todo. ¡Y para ya de reírte, tonto!
-Lo siento, pero este año nos hemos superado. Y tú también te estás riendo.
-Ya, pero es que me ha dado una pena… ¡Última vez que lo hago! Y ya puedes devolverle el dinero en cuanto llegue la transferencia.
-Ay, mujer, cómo eres…
-Thomas…
-Que sí, que se lo devolveré… Ni con 90 años le dejan a uno divertirse a gusto.
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Himno Nacional de hacer la compra | Martes De Música #01

La idea era hacer la compra con Everything In Its Right Place pero de camino al súper me quedé parado delante del escaparate de una mercería. En ese pequeño universo todo parecía encajar. Llevaba dos minutos y medio en hibernación cuando una sirena de ambulancia me sacó del trance. La canción terminó mientras cruzaba las puertas de cristal del supermercado. En ese momento debería haber empezado Kid A pero antes de salir de casa se me olvidó quitar el modo aleatorio de la aplicación. Cogí uno de esos carros pequeños y manejables y la línea de bajo de The National Anthem empezó a retumbar en mi cabeza. Ese fue el inicio del caos.
Atravesé el pasillo principal sin pararme a mirar nada. Sólo asentía con la cabeza al ritmo del bucle infinito del bajo que Thom Yorke había compuesto con 16 años. Llegué al final, sección de lácteos, y como un nadador en una competición de piscina olímpica, toqué la pared y reboté volviendo por el mismo camino. Fue en las neveras de congelados cuando la voz comenzó a cantar Everyone, everyone around here. Miro a las gambas, miro a las croquetas, miro a las bases de pizza. Everyone is so near. En la pescadería una merluza es la que me mira, un rape me escudriña, una nécora viva intenta escapar. It´s holding on. Está aguantando. It´s holding on. Hay espacio más que de sobra para girar. Han hecho hueco para colocar los primeros palés de turrón. A 5 de octubre, el primer polvorón. El carro se desliza como una pareja de baile. La gente me mira. Everyone has got the fear. It´s holding on. Y aparece el trombón. Minuto 02:39. Y yo empiezo a desbarrar.
Corro por los pasillos como pollo sin cabeza en oferta: 7´99 €. Descargo productos en el carro directamente de las baldas, parece un concurso de llena todo lo que puedas en menos de un minuto. Siete detergentes, quince paquetes de café, nueve botes de mostaza, papel higiénico para dos pandemias, natillas de chocolate por decenas. La compra de un maníaco. Pepinos voladores, lechugas Titanic, un Pollock pintado con huevos en el pasillo de la bodega. ¿Qué pasa si mezclas crema hidratante con cacao? ¿Aceite de oliva y acondicionador? ¿Música y el infierno postcapitalista? 3×2 en pasos de baile, 15×20 en botellas de sangría. ¿Eso de ahí eres tú desnudo con un calabacín entre las piernas o es que te alegras de verme? Y llegan las trompetas. Y el resto de metales. Una banda de jazz entre la carnicería y los embutidos. Yorke y Greenwood dirigieron a los músicos para que sonaran como un atasco de tráfico. Un grupo de metales esquizofrénicos marchando contra una pared de ladrillos. Ataque al corazón de la vieja que siempre se me cuela.
Y veo una sandía. Una puta sandía del tamaño de un balón. Y es una volea, una volea es lo que veo, un golazo por la escuadra. Y una sandía explota a cámara lenta entre la fruta y las hortalizas.
Everyone has got the fear.
It´s holding on.
Fin de la canción.
-¿Algún vale de descuento?
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La bufanda del Burton Albion | Lunes de Football #01

El trayecto desde su casa hasta el colegio Burton Fields tiene una longitud exacta de 347 pasos infantiles. Liam lo sabe de sobra. Lleva haciendo ese mismo recorrido desde que tenía cuatro años. Y ahora, ya con diez, no sería capaz de decir las veces que ha repetido la cuenta.
Esta mañana, en cambio, sabe que esa cifra va a ser mayor. Necesita pensar y para ello tiene que alargar de alguna forma la invariable distancia entre su casa, en el número 15 de la calle Outwoods, y la escuela. Lo único que se le ocurre es caminar más lento, acortar la zancada y dilatar al máximo su llegada. Porque en la puerta del colegio le espera Finn. Y Finn quiere consumar el trato que el propio Liam le propuso el pasado viernes. Pero ahora Liam no lo tiene tan claro. Y de ahí la necesidad de tiempo, de espacio y, sobre todo, de capacidad de discernimiento. Liam está hecho un lío pero al menos sabe reconocer lo evidente. Todo esto es por culpa de su padre y del Burton Albion, y no específicamente en ese orden.
El padre en cuestión se llama Jamie. Jamie tiene 48 años, trabaja en la fábrica de cerveza Burton Bridge Brewery, es fan de Oasis, del jazz tranquilo y de El Señor de los Anillos. Pero sobre todo es seguidor del equipo de fútbol de su ciudad, el ya mencionado Burton Albion, desde que su padre, el abuelo de Liam, le llevara por primera vez a un partido cuando él tenía 8 años.
Liam conoce este dato porque su padre no para de repetirlo cada vez que van de camino al estadio. Pero lo cierto es que a Liam no le gusta el Burton Albion. Le parecen unos paquetes de consideración que nunca han ganado nada y que su mayor aspiración es dejar la League One para ascender a Championship (y seguramente volver a bajar al año siguiente). Por supuesto esto nunca se ha atrevido a decírselo a su padre. Ni tampoco que el equipo por el que realmente siente devoción es el Aston Villa, reciente ganador de la Europa League y que últimamente pelea con los grandes de la Premier por meterse en Champions y quién sabe qué más. Su jugador favorito de los villanos es el escocés John McGinn. Nunca ha sabido muy bien por qué pero intuye que quizás su aspecto físico (pequeño, chaparro, y con cierta tendencia a engordar) le recuerde un poco a sí mismo. Por eso, cuando la semana pasada, su compañero de clase Finn le dijo que tenía un cromo especial de McGinn con su firma, le saltaron chispas de los ojos mientras se imaginaba lo feliz que sería si tuviera esa carta en su poder. Sería la culminación de su vida, ya podría morir en paz. Jamás encontraría nada que se le pudiera igualar. ¿Qué quieres por él?, le preguntó Liam a Finn. ¿Qué me ofreces?, contestó Finn a Liam. Después de unas arduas negociaciones que duraron dos recreos y medio finalmente llegaron a un acuerdo. Finn le daría a Liam el cromo de John McGinn a cambio de cinco postres, un trabajo de ciencias y la bufanda del Burton Albion.
La bufanda del Burton Albion fue un regalo que le hizo Jamie a Liam por su séptimo cumpleaños. Con ella podría corear junto a su padre las canciones de la hinchada, hacerla girar en el aire cuando el Burton metiera un gol y, lo más importante de todo, abrigarse el cuello en las inclementes tardes del invierno inglés, cuando la humedad del río Trent se interna en las gradas y penetra hasta los huesos. Todos esos momentos que ha vivido Liam en el Pirelli Stadium se agolpan en su mente como un pase de diapositivas esquizofrénico, mientras avanza de camino al colegio. Ya va 186 pasos, lo que quiere decir que le queda menos de la mitad para tomar una decisión. La decisión. Y sabe que en la última parte del trayecto, justo antes de girar a la derecha y encarar la calle del colegio, no va a estar del todo concentrado, pues es en esa esquina donde está la casa abandonada que tanto le aterroriza, con sus paredes tapadas por la hiedra y su reputación repleta de fantasmas.
Liam piensa en todo esto y nota un retortijón agudo en la parte baja del estómago. Los sentimientos de su padre se entremezclan con las imágenes del último partido en casa del Burton (derrota por 1-3 con los tres goles encajados de la forma más absurda) además de los recuerdos de las mejores jugadas de John McGinn. Otro pinchazo. No sabe qué es peor, si vomitar en plena calle o una explosión de cagalera que le haga regresar a casa con las piernas dobladas y los pantalones manchados. Liam intenta ser optimista y se le ocurre que igual Finn se ha puesto malo durante el fin de semana, se ha despeñado por un pozo o le ha picado una gaviota en el ojo, lo cual sería realmente extraño ya que la última vez que se vio una gaviota por Burton fue en 1973, cuando un hincha del Brighton and Hove Albion, en un partido de la FA Cup, trajo con él una disecada al estadio.
Por desgracia para Liam el optimismo se acaba rápido. En el paso 283 ve a Finn esperándole en plena calle, justo frente a la puerta de la casa fantasmal de hiedra.
-¿Qué haces aquí?
-No quería hacer el intercambio delante de todos.
-Ya…
-¿La has traído?
-Sí, pero…
-A ver, déjamela ver.
A regañadientes, Liam se descarga la mochila y saca de ella la bufanda. Finn prácticamente se la arranca de las manos y se la lleva al rostro para notar su suavidad. Ese gesto cabrea a Liam. Está a punto de quitársela y abandonar el trato cuando un nuevo retortijón le sacude la tripa.
-Aquí está el cromo.
Finn saca del bolsillo la carta firmada de John McGinn. Es preciosa, metida en una cajita de plástico transparente. Una pieza de coleccionista única. Un copo de nieve de edición exclusiva.
-Bien. Esto, cinco postres y el trabajo de ciencias. ¿Trato hecho?
Finn extiende la mano esperando el apretón que dé por cerrada la transacción. Pero Liam no se ha dado cuenta. Está demasiado ocupado alternando su mirada entre el cromo y la bufanda, la bufanda y el cromo.
-Ey, Liam. Vamos, tío, decídete, que llegamos tarde a clase.
Liam ahora sí observa la mano de Finn, luego levanta la vista y mirándole a los ojos está a punto de decir..
-¡¡Gerónimo!!
Un hombre que ha aparecido de la nada sale corriendo al grito de Gerónimo y se lanza a la carretera justo cuando un coche circulaba por ella. El frenazo y posterior golpe del hombre contra el capó del Opel Corsa gris retumba en toda la manzana. Varios testigos se acercan preocupándose por el estado del accidentado mientras la mujer que conducía, la octogenaria señora Vickers, vecina del número 79 de la calle Outwoods, sale aturdida del vehículo repitiendo como un mantra «no le he visto, ha caído del cielo». Liam y Finn también se acercan intrigados. Sin querer pisan el reguero de sangre que mana de la pierna izquierda de Gerónimo (así ha empezado a llamarle la gente que le rodea, a falta de un nombre mejor). La profesora Lofthouse, que se ha acercado alertada por el tumulto, pide algo para hacer un torniquete. «Un cinturón, algo, lo que sea, antes de que se desangre». Liam, sin pensar en nada, le quita de las manos la bufanda a Finn y se la entrega a la señorita Lofthouse. Esta la acepta de buen grado y hace un nudo por encima de la rodilla izquierda para que Gerónimo pueda aguantar en condiciones hasta que llegue la ambulancia.
-Toma, supongo que después de esto el trato se ha roto.
Liam le devuelve la carta firmada de John McGinn a Finn, que la coge sin saber muy bien qué decir. Después se escabulle de la aglomeración de gente y se acerca a la entrada de la casa del terror. Allí, lejos de la mirada de todos, relaja cada uno de los músculos del cuerpo y, como un globo al que le desatas el nudo y dejas volar en excéntrica libertad, expulsa el exceso de gases que le aguijoneaba la tripa con uno de los pedos más largos, sonoros y malolientes que él es capaz de recordar. Si en aquel lugar abandonado realmente había espíritus morando, lo más seguro es que hayan huido todos en desbandada al inframundo más remoto.