La vida te lleva por caminos raros, de eso no hay duda. Y, últimamente, la mayoría de ellos acaban en el pasillo de papelería de un bazar chino. Allí es donde está ahora mismo Eloy, simulando que trabaja. Para hacer tiempo, Eloy coloca los paquetes de tizas de mil maneras distintas. Las tizas en su mano le transportan a aquella secuencia mítica de El indomable Will Hunting, en la que Will resuelve un problema matemático mientras trabaja como conserje de una importante universidad. Eloy recuerda el subidón que sintió cuando acabó de ver la película. Eloy quería ser igual de listo que Will, quería salir del pozo en el que se encontraba y triunfar, triunfar haciendo lo que más le apasionaba. Pero Eloy no lo logró. Con veinte años tomó una decisión, marchó en busca del éxito y este nunca llegó. Y ahora Eloy ha regresado a su casa y ha tenido que buscarse un trabajo del que se avergüenza. Ha hecho el camino inverso que hizo Will en la película. Eloy no quiere que nadie le vea dedicándose a esto. Y por eso lleva cinco minutos escondido en el pasillo de productos de papelería. Porque una persona importante de su pasado ha entrado por la puerta.
Eloy nunca ha vivido en el presente. De joven tenía grandes expectativas puestas en el futuro. Y cuando todo empezó a ir mal, lo único que hizo fue albergar un profundo resentimiento por el pasado. Para colmo, Eloy no deja de compararse con personas de su misma generación. Es lo que aprendió de su familia. Tanto tienes, tanto vales, y si es más que lo que tiene el vecino, mejor que mejor. Esto hace que sus fracasos (o lo que a él le han dicho que es el fracaso) se vean amplificados al ser testigo de los éxitos (o lo que a él le han dicho que es el éxito) de los otros. Eloy no piensa como su familia pero es un estigma difícil de arrancar. Como la mancha sucia de pegamento que deja una tirita en la piel. Porque a Eloy le importa mucho lo que opinen los demás de él. Y ahí radica su principal problema.
Cuando Eloy se relaciona con adultos de su misma edad, que ya tienen un trabajo fijo, cobran un buen sueldo, tienen pareja estable, casa adosada, perro y dos niños, Eloy se siente totalmente fuera de lugar. En un mapa del mundo medieval él estaría en la boca del dragón que transita los mares del sur. A veces se consuela pensando en otra secuencia de la película, esa del bar, en la que Will pone en su sitio a un estudiante pijo y pedante de Harvard, al que le dice que sí, que puede que dentro de unos años le esté sirviendo patatas fritas a sus hijos cuando paren a comer algo antes de ir a esquiar, pero que, al menos él, será una persona de verdad. ¿Es Eloy una persona de verdad? ¿Es mejor que aquellos que sólo piensan en tener y acumular? ¿O sería más feliz con un trabajo cualquiera, que le permitiera comprar todas esas cosas que él no quiere tener pero que transmitiría a los demás la apariencia común del éxito? Mientras reflexiona sobre esto, la persona de la que se está escondiendo ha pasado muy cerca de él. Eloy se agacha y comienza a andar en cuclillas hacia el pasillo de los tuppers de cristal.
Eloy quiere romper con su pasado pero este se resiste a desaparecer. Un ejemplo curioso es que el bazar chino en el que trabaja ocupa el lugar exacto de la sala de cine que, veinticinco años atrás, protagonizó los mejores momentos de su adolescencia. La extinta Sala 1 abarca los pasillos de productos de mascotas, disfraces, juguetes, papelería y regalos. La pantalla estaba al fondo de todo, en jardinería. La Sala 2: menaje de cocina, electricidad, ropa de hogar y ferretería. El proyector se encontraba en el actual cuarto de la limpieza. Si cerrara los ojos justo donde se encuentra ahora podría visualizar el patio de butacas, sentarse en su sitio y esperar a que la magia diera comienzo. Podría ver extasiado cómo Will explica en su monólogo las razones por las que no debería trabajar para la Agencia de Seguridad Nacional. O la escena del banco del parque, en la que Robin Williams deja al fin las cosas claras. O ese último plano aéreo, con Will yéndose en coche en busca de su destino.
Eloy quería simplificar su vida. Olvidar su gran ambición, centrarse en tener un trabajo de media jornada que le diera para sobrevivir y dedicar el resto del tiempo a escribir. Pero Eloy no puede escribir porque no quiere volver a fracasar. Porque tiene miedo a que eso tampoco funcione y, si eso ocurre, ya no le quedaría más tiempo por delante para un nuevo plan. Si no escribe no puede fallar. En su cabeza Eloy ha transitado por todos los mapas posibles. Está tan cansado como si hubiera dado diez vueltas al mundo. De rodillas, en la sección de fluorecentes y bombillas, Eloy se da cuenta de que tiene cierta tendencia a sobrepensar. De repente, un pitido estridente proveniente de su walkie talkie le destierra de sus rumiaciones.
-¿Sí?
-¿Dónde tú estal?
-En pasillo 9, reponiendo bombillas.
-No bombillas que leponel. Tú holgazán.
-¿Qué quieres, Lin?
-Niño peldido, seis años, lubio, chaqueta loja. Tú buscal.
-Ok. Cambio y corto.
-Ya he dicho que tú no decil cambio y colto. Esto no sel selie de policías. No me gustan clichés.
Eloy abandona su escondrijo en busca del niño perdido. Tras un par de vueltas lo encuentra metido en el cuarto de la limpieza, leyendo un libro de Capitán Calzoncillos. Vamos, colega. Tu madre te anda buscando.
Eloy llega al mostrador con el niño. La madre del chiquillo aparece corriendo por su espalda, realmente angustiada por el momento en el que creyó haber perdido a su hijo. Cuando al final se incorpora, Eloy se da cuenta que es ella, la persona que tanto había intentado evitar. Ingrid. Su amiga de la infancia con la que compartió tan buenos momentos. La chica que le confesó su amor a finales de 1999 y que él no correspondió porque lo que quería era irse e intentar cumplir sus sueños. Ingrid. El punto del mapa al que nunca regresó, la brújula que perdió su norte.
-Ho, hola…
-¿Eloy?
Eloy traga saliva y siente que ha vuelto a la casilla de salida.

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