Lo cierto es que estoy nervioso. Nervioso y preocupado. Creo que no me sentía así desde el día en que se fue.
El viaje, la terrible distancia y mi tendencia a pensar que algo siempre puede salir mal me inquietaban profundamente, pero qué padre no pasa por eso cuando se trata de la marcha de un hijo. Después, cuando supe que había llegado sano y salvo y que en pocos días ya estaba establecido, me empecé a calmar, a pesar de conocer los riesgos de su trabajo. Había una rutina, unos horarios, nos comunicábamos por videollamada cada tres o cuatro días y sabíamos que no estaba solo. Que allí había personas con él capaces de solucionar cualquier imprevisto. Shackletown no deja de ser una ciudad. ¿Pequeña? Sí. ¿Tremendamente lejana e inaccesible? También. Pero una ciudad, al fin y al cabo. Con casi cinco mil habitantes y servicios básicos como centros hospitalarios, con enfermeros y médicos, con sistemas de emergencia y evacuación… Exactamente la misma falsa sensación de seguridad que tenemos aquí.
Pero esta solicitud de llamada, tan repentina e inusual, ahora mismo sólo me da malas vibraciones. Y culpa. Un sentimiento de culpa opresivo y latente que desde entonces me ha acompañado. Porque fui yo el que le metió en ese mundo, fui yo el que le enseñó por primera vez las estrellas, el que le señalaba con legañas en los ojos dónde estaba Júpiter, dónde Marte. Fui yo el que vio con él la llegada a la Luna de la Artemis IV, el que le habló de la importancia de que una mujer la pisara por primera vez, de que China, al igual que Estados Unidos, comenzara a establecer una base en el polo sur. Fui yo el que le habló de galaxias, de viajes espaciales, de agujeros negros y supernovas. Fui yo el que le trastornó con la idea del universo y el primero al que le pareció buena idea que se embarcara en esta aventura. Muchas veces mi mujer me ha dicho, medio en broma medio en serio, «esto es por tu culpa», pero nunca ha ido más allá, porque de momento nada malo ha ocurrido. ¿Pero y si sucediera? ¿Cómo nos enfrentaríamos a ello? ¿Cómo lo superaría?
-¿Papá?
-¡Julia, ven, que ya está conectado! Hola, hijo.
-Hola, papá. ¿Mamá?
-Ahora viene, está preparando café.
-Ah, claro. Siento que sea a estas horas. No recordaba que allí son las dos de la mañana.
-Imagino que será algo importante.
-Sí, bueno. También necesitábamos un poco de intimidad en la comunicación. Pero prefiero esperar a mamá.
-Sí, claro. ¿Qué tal el regolito? ¿Sigue escondiendo agua?
-Sí, pero cada vez tenemos que desplazarnos más para extraerla. Ahora casi todo proviene de nuestros sistemas de reciclaje.
-Ya, entiendo. Ah, aquí está mamá.
Se le ve bien, no está herido y parece de una pieza. Está nervioso pero no en un sentido negativo de urgencia. Más bien con un brillo ilusionado en los ojos, parecido a cuando nos dijo que había sido seleccionado para el trabajo.
-¡Hola, cariño! ¿Qué tal?
-Hola, mamá. Bien, bien.
-¿Entonces no pasa nada malo? A estas horas tu padre ya se estaba poniendo en lo peor.
-No, no, nada malo. Es una noticia buena aunque un poco difícil de explicar.
-¿A qué te referías antes con que necesitabais intimidad en la comunicación? Intimidad, ¿por qué?
-¿Quién dijo eso?
-Teo. Antes, cuando estabas en la cocina.
-Sí, a ver. Creo que lo mejor será que empiece por el principio. Mamá, papá, os presento a Shizuka. Es mi… novia.
Teo abre el plano de la cámara y a su izquierda aparece una joven asiática, menuda y sonriente que nos saluda con la mano.
Estoy convencido de que, si antes el más preocupado de los dos era yo, ahora, por la forma en la que ha dejado de remover el café y la expresión hierática de su rostro, la más alarmada es mi mujer. En cambio yo me siento profundamente aliviado. Nada ha explotado, nadie ha resultado herido ni ha tenido que ser evacuado. Nuestro hijo nos está presentando a su pareja. Simplemente eso. Pero este descanso que me invade no me permite ver más allá. No como ya lo está haciendo Julia.
-Vaya. Qué sorpresa. Hola, Shizuka… ¿Shizuka? ¿De qué me suena ese nombre?
-Papá, no lo digas, por favor.
-¿Que no diga qué? Sólo estoy intentando recordar dónde he…¡Ahh!
-No, no…
-¡Es la novia de Doraemon!
Shizuka se ríe nerviosa mientras Teo entorna sus ojos, ese gesto que lleva haciendo desde que tenía cuatro años.
-Doraemon era el gato, papá. Shizuka es la amiga de Nobita.
-Eso, siempre me equivoco. Pero vamos, que he acertado. Te gustaban mucho esos dibujos.
-Hace treinta años ya de eso.
-A ver, dejaos de Doraemon y tonterías. ¿Qué ocurre aquí, Teo?
Julia coge el mando de la conversación porque se está temiendo lo peor. Mientras, en mi mente suena «al cerrar los ojos veo dibujado en mi imaginación…»
-Tranquila, mamá. Todo está bien. Antes de nada deciros que Shizuka no habla casi nada nuestro idioma. Si queréis decirle algo yo se lo traduciré.
De repente una idea hace ignición en mi cabeza. Intimidad. ¿Por qué necesitan intimidad para hablar con nosotros?
-¿Qué has hecho, Teo? Estáis ocultando algo, ¿verdad?
Julia me mira con ojos que dicen «al fin llegaste a esta página». Teo agacha la cabeza, sonrisa nerviosa, le agarra la mano con ternura a Shizuka. Motores encendidos, comienza la cuenta atrás.
-Shizuka y yo llevamos saliendo medio año. Bueno, «saliendo» es un decir. Aquí no podemos «salir» literalmente hablando. Pero ya sabéis, hay un cine, hay bares, bolera…
-Teo…
-Sí, perdón. A lo que voy es…
Coge aire. Ahí viene. Todos los motores encendidos. 3, 2, 1…
-Shizuka está embarazada.
Cero. Lanzamiento, tenemos un lanzamiento. La mano de Julia tapándose la boca.
-De cinco meses.
Teo aprieta con fuerza la mano de Shizuka. No se da cuenta de que empieza a hacerle daño. Ella le toca el brazo y su mano se relaja.
-Y queremos que nazca aquí.
-¿Qué?
Julia una vez más un paso por delante. Yo todavía estoy procesando la información. Tardo un poco en recordar dónde se encuentran.
-Teo, no podéis tener la criatura allí. ¡Estáis en la Luna!
-Mamá, ya sé dónde estamos. Lo hemos pensado mucho, de verdad. Le hemos dado mil vueltas y hemos contemplado todas las posibilidades y creemos que lo mejor es que sea aquí.
-Pero aquello no está preparado para algo así.
-Mamá, hay médicos, hay un hospital…
-¿Hay obstetras? Porque no creo que ningún director de misión haya incluido en las necesidades médicas de la base un área de maternidad.
-Lo primero, ya no es una base. Hace cinco años que dejó de llamarse así. Es una ciudad, Shackletown. Que sí, que está en el polo sur de la Luna. Pero esto no es muy distinto a lo que puede ser un pueblo de Alaska o de la Patagonia, y que yo sepa allí las mujeres siguen dando a luz. Aquí ha habido intervenciones de urgencia por accidentes laborales que se han llevado a cabo con robots controlados desde Tierra. Y eran bastantes más complicadas que un parto. Además…
-Además, ¿qué?
-Dejando un lado el estrés que podría suponer para Shizuka y el bebé un viaje de regreso, queremos hablar con el director para que traigan especialistas, un obstetra, una matrona, lo que sea, aquí.
Mi mente va a mil por hora. Una única palabra orbita en mi cerebro a toda velocidad.
-¿Y por qué iban a hacer eso? No creo que el supuesto estrés del viaje sea peor que las consecuencias que pueda tener para el bebé y Shizuka la diferencia de gravedad que hay en la Luna.
-Lo harán porque para eso están pensadas las colonias. Para que las personas se establezcan y aumente su población de forma natural. Si todavía no se ha hecho es por pura casualidad. Nosotros seremos los primeros, porque alguien tenía que serlo. Imaginad la noticia. Será un impulso increíble para la misión.
Nos quedamos callados. Los cuatro. Ellos en la Luna, nosotros a 385.000 kilómetros de distancia.
-Te quedan seis meses de contrato. Sabes que por ley no puedes estar allí más de dos años seguidos.
-Lo sé, papá.
-¿Cuánto le queda a Shizuka?
-Nueve meses.
-Así que si todo sale bien, el niño o la niña nacería en enero. Tú tendrías que volver en marzo y Shizuka en junio. ¿Y el bebé? Si ya tiene sus riesgos que nazca en la Luna no me quiero ni imaginar lo que podría afectarle un viaje espacial.
-Creemos que tratándose de algo tan extraordinario, harían una excepción en el caso de Shizuka. Yo podría volver aquí en septiembre o incluso antes. El contrato dice que se puede permanecer máximo dos años seguidos o siete en total, con descansos de seis meses entre períodos. Pero todo eso es en teoría. Cada mes se analizan los datos biométricos de los residentes para ver los cambios que se producen en nuestros cuerpos. Es posible que dentro de poco los plazos se alarguen.
Julia suspira, se aprieta los párpados con las yemas de los dedos. De repente todo el cansancio acumulado se le ha echado encima.
-Habéis pensado en todo.
-Sí, mamá.
-No nos estáis pidiendo permiso.
-No.
-Nos estáis preparando para lo que va a pasar.
-Así es.
-Vais a hablar mañana con el director.
-Dentro de seis horas.
-¿Qué pasa si no acepta?
-Aceptará.
-Pero, ¿y si no?
-Volveremos juntos en el primer vuelo y Halley nacerá en la Tierra.
-¿Halley?
-Así se va a llamar.
-Si es niña.
-O niño. Eso da igual. El año que viene el cometa volverá a visitarnos. No creemos que haya un mejor nombre.
El cometa Halley. Me acuerdo cuando mi madre me lo enseñó en 1986. Tenía 4 años. Es mi primer recuerdo, aunque muchas veces piense que sólo fue un sueño. No me puedo creer que ya hayan pasado 75 años.
-Me gusta.
-Gracias, papá.
Miro a Julia. Aunque sigue preocupada noto que su rostro se ha destensado. Le cojo la mano y me sonríe con un atisbo de tristeza. Luego vuelve su mirada a la pantalla y dice casi para sí misma:
-Halley, el primer bebé de la Luna.
-El primer selenita.
-Mi nieto extraterrestre.
-¡Papá!
-No he dicho nada incorrecto.
-Bueno, os tenemos que dejar. Vamos a descansar un poco antes de la reunión. En cuanto sepamos más os volveremos a llamar.
-Teo.
-¿Sí, mamá?
-Dile a Shizuka que pase lo que pase la apoyamos y que estaremos encantados de conocerla en su momento. Cuando sea.
-Claro.
Shizuka hace una reverencia con la cabeza como si hubiera entendido a la perfección el mensaje. Nos despedimos y se corta la llamada. Julia y yo resoplamos a la vez mientras nos dejamos caer en el respaldo del sofá.
-Todo esto es por tu culpa.
Me río y ella también, pero menos.
-Lo sé, abuela, lo sé.

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