La bufanda del Burton Albion | Lunes de Football #01

El trayecto desde su casa hasta el colegio Burton Fields tiene una longitud exacta de 347 pasos infantiles. Liam lo sabe de sobra. Lleva haciendo ese mismo recorrido desde que tenía cuatro años. Y ahora, ya con diez, no sería capaz de decir las veces que ha repetido la cuenta.

Esta mañana, en cambio, sabe que esa cifra va a ser mayor. Necesita pensar y para ello tiene que alargar de alguna forma la invariable distancia entre su casa, en el número 15 de la calle Outwoods, y la escuela. Lo único que se le ocurre es caminar más lento, acortar la zancada y dilatar al máximo su llegada. Porque en la puerta del colegio le espera Finn. Y Finn quiere consumar el trato que el propio Liam le propuso el pasado viernes. Pero ahora Liam no lo tiene tan claro. Y de ahí la necesidad de tiempo, de espacio y, sobre todo, de capacidad de discernimiento. Liam está hecho un lío pero al menos sabe reconocer lo evidente. Todo esto es por culpa de su padre y del Burton Albion, y no específicamente en ese orden.

El padre en cuestión se llama Jamie. Jamie tiene 48 años, trabaja en la fábrica de cerveza Burton Bridge Brewery, es fan de Oasis, del jazz tranquilo y de El Señor de los Anillos. Pero sobre todo es seguidor del equipo de fútbol de su ciudad, el ya mencionado Burton Albion, desde que su padre, el abuelo de Liam, le llevara por primera vez a un partido cuando él tenía 8 años.

Liam conoce este dato porque su padre no para de repetirlo cada vez que van de camino al estadio. Pero lo cierto es que a Liam no le gusta el Burton Albion. Le parecen unos paquetes de consideración que nunca han ganado nada y que su mayor aspiración es dejar la League One para ascender a Championship (y seguramente volver a bajar al año siguiente). Por supuesto esto nunca se ha atrevido a decírselo a su padre. Ni tampoco que el equipo por el que realmente siente devoción es el Aston Villa, reciente ganador de la Europa League y que últimamente pelea con los grandes de la Premier por meterse en Champions y quién sabe qué más. Su jugador favorito de los villanos es el escocés John McGinn. Nunca ha sabido muy bien por qué pero intuye que quizás su aspecto físico (pequeño, chaparro, y con cierta tendencia a engordar) le recuerde un poco a sí mismo. Por eso, cuando la semana pasada, su compañero de clase Finn le dijo que tenía un cromo especial de McGinn con su firma, le saltaron chispas de los ojos mientras se imaginaba lo feliz que sería si tuviera esa carta en su poder. Sería la culminación de su vida, ya podría morir en paz. Jamás encontraría nada que se le pudiera igualar. ¿Qué quieres por él?, le preguntó Liam a Finn. ¿Qué me ofreces?, contestó Finn a Liam. Después de unas arduas negociaciones que duraron dos recreos y medio finalmente llegaron a un acuerdo. Finn le daría a Liam el cromo de John McGinn a cambio de cinco postres, un trabajo de ciencias y la bufanda del Burton Albion.

La bufanda del Burton Albion fue un regalo que le hizo Jamie a Liam por su séptimo cumpleaños. Con ella podría corear junto a su padre las canciones de la hinchada, hacerla girar en el aire cuando el Burton metiera un gol y, lo más importante de todo, abrigarse el cuello en las inclementes tardes del invierno inglés, cuando la humedad del río Trent se interna en las gradas y penetra hasta los huesos. Todos esos momentos que ha vivido Liam en el Pirelli Stadium se agolpan en su mente como un pase de diapositivas esquizofrénico, mientras avanza de camino al colegio. Ya va 186 pasos, lo que quiere decir que le queda menos de la mitad para tomar una decisión. La decisión. Y sabe que en la última parte del trayecto, justo antes de girar a la derecha y encarar la calle del colegio, no va a estar del todo concentrado, pues es en esa esquina donde está la casa abandonada que tanto le aterroriza, con sus paredes tapadas por la hiedra y su reputación repleta de fantasmas.

Liam piensa en todo esto y nota un retortijón agudo en la parte baja del estómago. Los sentimientos de su padre se entremezclan con las imágenes del último partido en casa del Burton (derrota por 1-3 con los tres goles encajados de la forma más absurda) además de los recuerdos de las mejores jugadas de John McGinn. Otro pinchazo. No sabe qué es peor, si vomitar en plena calle o una explosión de cagalera que le haga regresar a casa con las piernas dobladas y los pantalones manchados. Liam intenta ser optimista y se le ocurre que igual Finn se ha puesto malo durante el fin de semana, se ha despeñado por un pozo o le ha picado una gaviota en el ojo, lo cual sería realmente extraño ya que la última vez que se vio una gaviota por Burton fue en 1973, cuando un hincha del Brighton and Hove Albion, en un partido de la FA Cup, trajo con él una disecada al estadio.

Por desgracia para Liam el optimismo se acaba rápido. En el paso 283 ve a Finn esperándole en plena calle, justo frente a la puerta de la casa fantasmal de hiedra.

-¿Qué haces aquí?

-No quería hacer el intercambio delante de todos.

-Ya…

-¿La has traído?

-Sí, pero…

-A ver, déjamela ver.

A regañadientes, Liam se descarga la mochila y saca de ella la bufanda. Finn prácticamente se la arranca de las manos y se la lleva al rostro para notar su suavidad. Ese gesto cabrea a Liam. Está a punto de quitársela y abandonar el trato cuando un nuevo retortijón le sacude la tripa.

-Aquí está el cromo.

Finn saca del bolsillo la carta firmada de John McGinn. Es preciosa, metida en una cajita de plástico transparente. Una pieza de coleccionista única. Un copo de nieve de edición exclusiva.

-Bien. Esto, cinco postres y el trabajo de ciencias. ¿Trato hecho?

Finn extiende la mano esperando el apretón que dé por cerrada la transacción. Pero Liam no se ha dado cuenta. Está demasiado ocupado alternando su mirada entre el cromo y la bufanda, la bufanda y el cromo.

-Ey, Liam. Vamos, tío, decídete, que llegamos tarde a clase.

Liam ahora sí observa la mano de Finn, luego levanta la vista y mirándole a los ojos está a punto de decir..

-¡¡Gerónimo!!

Un hombre que ha aparecido de la nada sale corriendo al grito de Gerónimo y se lanza a la carretera justo cuando un coche circulaba por ella. El frenazo y posterior golpe del hombre contra el capó del Opel Corsa gris retumba en toda la manzana. Varios testigos se acercan preocupándose por el estado del accidentado mientras la mujer que conducía, la octogenaria señora Vickers, vecina del número 79 de la calle Outwoods, sale aturdida del vehículo repitiendo como un mantra «no le he visto, ha caído del cielo». Liam y Finn también se acercan intrigados. Sin querer pisan el reguero de sangre que mana de la pierna izquierda de Gerónimo (así ha empezado a llamarle la gente que le rodea, a falta de un nombre mejor). La profesora Lofthouse, que se ha acercado alertada por el tumulto, pide algo para hacer un torniquete. «Un cinturón, algo, lo que sea, antes de que se desangre». Liam, sin pensar en nada, le quita de las manos la bufanda a Finn y se la entrega a la señorita Lofthouse. Esta la acepta de buen grado y hace un nudo por encima de la rodilla izquierda para que Gerónimo pueda aguantar en condiciones hasta que llegue la ambulancia.

-Toma, supongo que después de esto el trato se ha roto.

Liam le devuelve la carta firmada de John McGinn a Finn, que la coge sin saber muy bien qué decir. Después se escabulle de la aglomeración de gente y se acerca a la entrada de la casa del terror. Allí, lejos de la mirada de todos, relaja cada uno de los músculos del cuerpo y, como un globo al que le desatas el nudo y dejas volar en excéntrica libertad, expulsa el exceso de gases que le aguijoneaba la tripa con uno de los pedos más largos, sonoros y malolientes que él es capaz de recordar. Si en aquel lugar abandonado realmente había espíritus morando, lo más seguro es que hayan huido todos en desbandada al inframundo más remoto.

Deja una respuesta