Separar obra y autor (o la insoportable frustación del seguidor) | Jueves de Ciencia #01

Starship de SpaceX en órbita

Ha parado de llover y Pedro decide dar un paseo por el pueblo para despejarse la cabeza. Es la Semana Mundial del Espacio y como divulgador con cierto renombre ha estado bastante atareado con charlas, entrevistas y alguna que otra actividad escolar. Pedro sale de casa con lo puesto. Tan solo las llaves y un pequeño paraguas de mano por si el cielo decide volver a descargar. Tampoco necesita pensar la dirección, sabe de sobra dónde va a acabar.

El camino que asciende a la pequeña iglesia románica está rodeado de robles. Pedro lo transita cabizbajo, intentando centrar sus pensamientos en las hojas caídas en el suelo, mojadas y arrugadas, salpicadas de bellotas y pequeñas ramas. En el muro de piedra que lo bordea también aparece algún que otro caracol que, al igual que él, aprovecha el escampe. La caminata es corta pero tiene algunos tramos empinados y Pedro llega a la entrada de la iglesia con las pulsaciones más elevadas de lo que le gustaría. Por suerte, la puerta está abierta y puede sentarse a descansar en su banco predilecto del templo. Desde ahí puede ver casi todo el espacio en su conjunto y disfrutar de su belleza tan simple como sobrecogedora. Piedra, madera, luz y cristal. Pedro se siente en paz por unos momentos.

Por desgracia su mente vuelve a trabajar unos segundos más tarde. Mientras contempla los colores de las vidrieras del ábside derramarse por las columnas, no puede evitar pensar que, sin ser creyente, ese es uno de sus lugares favoritos en el mundo. Y, casi al instante, se turba al recordar la institución que es dueña de ese monumento y la posibilidad de que, si alguien le viera ahora mismo ahí sentado, podría llegar a pensar que él comparte las ideas y actuaciones que dicha institución lleva por bandera. Inevitablemente esto le devuelve a la encrucijada moral que tanto le ha atormentado en los últimos días.

Como hombre de ciencia, amante de la astronomía y la exploración espacial, vive con renovado entusiasmo las noticias que tienen que ver con la astronáutica. La semana pasada, sin ir más lejos, SpaceX hizo historia al poner en órbita por primera vez el Starship, el cohete reutilizable más potente jamás construido. Cuando Pedro ve los vídeos de los lanzamientos no puede hacer otra cosa que maravillarse ante el ingenio humano y su capacidad para superarse a sí mismo en la exploración de lo desconocido. Pero, al igual que le acaba de ocurrir en la iglesia, un sentimiento de culpa se cierne sobre él de forma inmediata al recordar quién es la persona que ha hecho posible todo aquello. El ególatra infantil, explotador, corrupto y fascista Elon Musk.

Durante toda la semana se ha debatido entre la rabia y la culpa y al final lo único que ha logrado ha sido sentirse tremendamente confundido y frustrado. Porque el de Musk no es ni mucho menos el único caso. Del mismo modo que no puede sentir una profunda y pura alegría al contemplar una misión exitosa de SpaceX tampoco puede dejarse llevar y reír sin cortapisas con los chistes de Louis C.K., tal y como hacía antes de que se conocieran sus casos de acoso. ¿Por qué no puede olvidar por un momento las declaraciones transfobas de J.K. Rowling y pasar una tarde tranquila con su hijo leyendo un libro o viendo una peli juntos de Harry Potter? ¿Por qué no puede disfrutar al máximo de los triunfos de los deportistas españoles al saber que muchos de ellos tienen opiniones profundamente contrarias a lo que él considera moralmente correcto? ¿Por qué Neil Gaiman es tan buen escritor y a la vez una persona tan horrible? ¿Por qué esa directora de cine de gran talento acaba de comprarse un hijo como el que se compra un monovolumen? ¿Por qué ese cantante que le ha hecho disfrutar tantas veces con sus canciones es ahora un imbécil retrógrado insoportable? ¿Y qué me dices de esa otra que tiene una voz preciosa y treinta pisos en alquiler? ¿La NASA que empezó el programa Apolo y llegó a la Luna? Llena de nazis. ¿El Real Madrid? Otro tanto. Qué buen disco es Thriller pero Michael Jackson. Qué graciosa es Blossom pero madre mía, menuda sionista progenocidio la Mayim Bialik. Qué recuerdos de infancia con La hora de Bill Cosby pero tremendo agresor sexual. ¿Jim Caviezel? Gran actor, mejor pirado. Y así podría continuar la lista de la desfachatez un buen rato.

Pedro suelta un gran suspiro que se ve amplificado por la acústica de la iglesia. ¿Por qué he de cargar yo con la culpa de sus pecados?, parece ser la conclusión a la que llega. Con lo difícil que resulta la vida, ¿por qué también me arrebatan la experiencia del entretenimiento puro que hace que mis días sean más llevaderos? Sabe que por sí mismo no hallará la respuesta. No al menos por ahora. Su campo de trabajo es divulgar ciencia, no resolver cargos de conciencia.

Finalmente encuentra cierto consuelo (no sin temor) al pensar en los artistas, científicos y deportistas que admira y que, con cierta seguridad (sin poner la mano en el fuego), cree que han sido, son y serán buenas personas. Como por ejemplo, la científica de la que hablará mañana en un instituto. Se trata de la recientemente fallecida Margaret Hamilton, la mujer que desarrolló el software que fue clave para que la misión Apolo 11 llegara a la Luna. Con suerte con ella, y cruza los dedos, no tendrá que hacer el esfuerzo de separar autor y obra

Pedro sale de la iglesia y antes de iniciar el regreso a casa se detiene frente a la puerta. Un par de gotas le caen en la cabeza, mira al cielo y antes de abrir el paraguas, esboza una sonrisa medio irónica y da las gracias por no creer en Dios. De darse esa circunstancia, sería terriblemente arduo y espinoso sobrellevar el hecho de que el creador de algo tan maravilloso como es el Universo (y todo lo que se halla en su interior) fuese un ser tan endiabladamente malvado.

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