La persiana que se abre, la oscuridad azul que pronto se convertirá en destello naranja, amarillo, rojo y violeta. La ventana que despresuriza esta nave que llamamos casa. El aire frío que contrasta con el dulce bochorno acumulado de nuestros sueños. Parece que el mundo sigue en pie, el conticinio fue un espejismo fugaz, una farola encendida en mitad del desierto.
Un mirlo bajo mi ventana que me da los buenos días y la previsión del tiempo: hoy no lloverá, máxima de 17 grados, nubes de evolución por la tarde. El barrendero que vacía la papelera con los restos de la vida de ayer, el niño que camina dormido hacia la clase de madrugadores. Un satélite artificial que cruza el cielo, el lucero del alba que me recuerda que hoy tampoco usaré la IA para escribir estas páginas. Últimamente parece que falta mucho para que algo llegue y cinco minutos después ese algo ya pasó. Un reloj de arena destruido en mitad del desierto.
Detonación de oxígeno en mi pecho y una urraca que canta como si ya no doblaran las campanas por nadie. El parque está vacío, los columpios respiran aliviados en los días laborables. Pasas por mi espalda sin saludar y la herida sigue abierta, allí donde se descosió la última cicatriz. La indecisión es un abismo, un cuchillo que yo ofrezco y tú agarras por el filo. Un nuevo día es una vieja batalla con los ecos todavía resonando de la anterior. Preferiría una casa en llamas, a esta fuga paulatina de gas.
Hoy imaginaré mil historias y ninguna servirá para arreglar este estropicio. Sin final no hay inicio. Ni reinicio. Sólo indicios de incendio en el cielo distante.
Dos minutos despierto y ya de todo me acuerdo en este instante; instante infinito de luz.
Texto inspirado en las canciones «Herida y Cicatriz» y «¿Por qué tantos pájaros, Fabián?», ambas del cantante y compositor Fabián D. Cuesta.

Deja una respuesta